Un día como hoy pero de 122 años atrás nacía en Minas, departamento de Lavalleja, un niño que recibiría el nombre de Juan José Morosoli. Era el 19 de enero de 1899. Como hicimos en otras ocasiones similares, hoy recordamos su gran talento y su aporte al arte uruguayo a través de esta nota. Aunque de seguro no se lo conoce ni se lo difunde como a otros escritores que alcanzaron grados de popularidad mayor, Morosoli se distinguió con su escritura y conquistó un lugar indiscutido entre los más grandes hacedores de la palabra de nuestro país.
Huérfano de Italia y de Europa
Fueron muchos, como ya sabemos, los italianos que se alejaron, por distintas razones, de aquel país desolado que no les garantizaba un buen futuro. Como su apellido lo indica, la historia familiar de Juan se entrelazaba con historias de inmigrantes. Su padre, Giovanni Morosoli, había dejado la Suiza italiana para aventurarse en tierras uruguayas en el 1894, con su humilde profesión de albañil. Su madre, María Porrini, era a su vez hija de inmigrantes ticinenses. La infancia de José no fue idílica: pudo cursar pocos años de la primaria, las cuentas no daban y siendo apenas un muchachito se vio en la necesidad de ayudar a su familia poniéndose a trabajar. Aquellos pocos años le bastaron para cultivar su incipiente afición a la lectura y la escritura. Seguramente también contribuyó uno de sus primeros trabajos a corta edad en la librería de un tío suyo.
Café Suizo
Siendo aún muy joven, en la segunda década de su vida, Juan José Morosoli incursionó en la poesía. Sus versos fueron celebrados públicamente con la publicación en la prensa local de su ciudad natal. Aquella vena artística lo acercó a otros hombres minuanos de inclinaciones similares que se convirtieron en sus amigos: Valeriano Magri, Julio Casas Araújo y José María Cajarville. Con aquellos “balbuceos” (como se nombró al compendio de los poemas) Morosoli creció abruptamente y se internó de lleno en la intelectualidad de la época. Comenzó a reunirse a menudo con personas con sus mismos intereses y a realizar colaboraciones con diferentes periódicos. En 1920 fundó el Café Suizo, un centro cultural donde eran bienvenidas todas las personas que quisieran aportar al diálogo intelectual de la época.
Mirar al campo
Aunque se le considerara un intelectual, a Morosoli no le interesaba para nada este tipo de personajes para sus ficciones narrativas. Prefería a las personas de orígenes más humildes, actitudes descontracturadas y que tenían que ganarse la vida bajo el sol para llevar el pan a casa. En sus obras, los personajes son generalmente hombres y mujeres del medio rural, desposeídos de la campaña y los parajes más inauditos. Se le considera un reivindicador del interior del país, de la figura del gaucho y del proletariado rural. Era, para él, un modo de sacar a la luz las condiciones de vida que persistían más allá de la capital y sobre las que pesaba, con cierta indiferencia, una cuota de silencio y resignación social. Por estas obras recibió tres veces el premio del Ministerio de Instrucción Pública (en aquella época). Más concretamente, las obras que le valieron este reconocimiento fueron: “Hombres: los albañiles de los Tapes”, “Hombres y mujeres” y la novela “Muchachos”.
Hombre con la H mayúscula
En una carta que alguna vez escribió, Morosoli dice que su ambición es merecer el calificativo de “Hombre con la H mayúscula”: pulir su alma hasta desarrollar y poner en práctica la más genuina de las bondades. Este objetivo, en parte, lo alcanzó gracias a sus letras, con el afán de retratar la miseria que no le fue ajena. Quizás fue por esa misma aspiración que su nombre se pierde entre otros autores más afamados de nuestro país: él no ambicionaba la popularidad, el reconocimiento o los aplausos del mundo. Vivió con coherencia, silenciosamente, pero su pluma, comprometida hasta el final, no nos permite olvidarlo.

